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Haddharamma

Aventuras en el Palacio (... de Congresos y Exposiciones)

Aventuras en el Palacio (... de Congresos y Exposiciones) Como no tengo historias fotográficas recientes que contar, os cuento una de las aventurillas de este verano.

En Agosto estuve haciendo unos trabajillos para una empresa que está en el Palacio de Congresos y Exposiciones de la Costa del Sol (Torremolinos). Siempre me ha parecido muy fotogénico, y desde la oficina había unas vistas muy curiosas de la azotea y la cubierta de la cúpula del hall.

Uno de los días tuve que ir por la tarde para terminar el trabajo, junto con un chico de otra empresa que tenía que darme soporte. Puesto que allí tienen jornada intensiva, y sabiendo que a esas horas no habría en las oficinas nadie más que nosotros, eché la mochila con el equipo fotográfico con intención de hacer algunas fotos furtivas cuando termináramos.

Llegué pronto, y viendo que el compañero se retrasaba, decidí aprovechar el momento (y la buena luz). Abrí una de las ventana de la oficina (cosa que me costó un par de forcejeos, porque hay instalación de aire acondicionado y se ve que no la abrían desde hacía tiempo), que además estaba en alto, así que tuve que encaramarme a un mueble archivador bajo, y sacar medio cuerpo fuera, de rodillas sobre el mueble... Cuando estaba terminando llegó el compañero de trabajo y me pilló ejecutando aquella absurda acrobacia. En fin, de perdidos al río, le conté un poco de mi afición fotográfica a modo de justificación y para darle algo de confianza y así aliviar la tensión por la ridiculez de la situación convirtiéndola en cómica, y parece que se lo tomó con humor.

Más tarde necesitaba que mi compañero me hiciera unas tareas, pero estaba ocupado hablando por teléfono, así que aproveché la ocasión para coger el equipo y buscar otros puntos de la oficina desde donde hacer más fotos. Había una buena vista desde las ventanas del recibidor, pero no había nada usable donde encaramarse a las ventanas, y además por allí pasaba gente de tarde en tarde, no quería volver a ser sorprendido haciendo piruetas y esta vez por un perfecto desconocido, o peor aún, por el pistolo del edificio para terminar explicándoselo en el cuarto de seguridad.

Observando me percaté de que había una estrecha y discreta puerta tras unas cortinas, que tenía toda la pinta de conducir o a la azotea, o a un cuarto trastero. Me pudo la curiosidad y para mi fortuna se dieron dos hechos favorables: 1) no estaba cerrada con llave; y 2) conducía a unas escaleritas ascendientes. Me colé por allí y cerré con celeridad, y subí los escalones entusiasmado con las posibilidades fotográficas que me brindaría el acceso a la azotea superior, sin darme cuenta de que mientras los escalones iban ascendiendo, el techo se mantenía a una altura fija, de manera que la altura "libre" del pasadizo se iba reduciendo hasta desembocar al final en una puerta de unos 1,50m de altura.

El coscorrón fue tremendo, casi me caigo para atrás. Es increíble la energía que uno ejerce cuando va subiendo unas escaleras con paso firme, uno no lo siente en los pies al pisar, pero cuando esa misma energía repercute sobre la propia mollera, se toma conciencia instantánea de su magnitud. Mi primer pensamiento tras el aturdimiento fue: "¡uy, con el cabezazo he hecho ruido!, ¿me habrán oído?". Decidí que había sido torpe pero discreto. Aunque el golpe resonó en mi cabeza, darse contra un techo de suena muy poco para un observador próximo, a pesar de lo que siempre nos han enseñado las películas de acción (y en particular en la Bíblia de las Yoyas: las de Bud Spencer y Terence Hill).

Así que una vez tranquilo de no haber sido descubierto, me asaltó mi segundo pensamiento: "Esto duele, y me va a salir un chichón; pero ésta es una cuestión intrascendente comparado con lo peor: ¿se habrá resentido mi calva?" Cada edad tiene sus abundancias y sus carencias inherentes, y a si a los 17 años me faltaba dinero y me sobraba melena, actualmente ando escaso de ambas cosas. Estoy seguro de que me dejé algunos pelillos impresos en el cemento del techo con la violencia del coscorrón, ¡con lo mucho que yo mimo los pocos que me quedan!

Todavía algo resentido me apresuré a abrir el trípode, desplegar el equipo fotográfico y hacer unas cuantas fotos que resultaron interesantes. Luego recogí todo, procurando no dejarme nada. Soy muy despistado, y no era cuestión de tener que volver otro día dando explicaciones al pistolo: "No, que es que yo... este... el otro día... verás, te vas a reir... olvidé un filtro en la mesa de trabajo pero sé positivamente que en realidad unos duendecillos misteriosos me lo han arrebatado y se lo han llevado a su guarida secreta en la azotea, ésa a la que se llega por un pasadizo con un techo engañoso en el que si no vas con cuidado te puedes dejar la calva (prueba irrefutable de que los duendes existen es que el techo está hecho a su medida), y que si no le importa que suba a recogerlo. No, a la comisaría no, yo en realidad me refería a la azotea... verás, que te explico, si al final nos vamos a reir y todo..."

Volví a bajar teniendo esta vez cuidado tanto de no golpearme como de no hacer ruido, y me paré unos segundos en la puerta, a escuchar si había alguien por allí. Si te pillan entrando por una puerta privada siempre puedes decir que ibas buscando el lavabo, pero si te pillan saliendo tras haber pasado varios minutos dentro, es más comprometido hacer creíble la excusa. No se oía a nadie, así que atravesé la puerta con valentía, y por poco me pilla alguien que subía en el ascensor. Apresuré el paso y me metí pronto en la oficina. Lo cierto es que yo no debía haber andado fuera de la oficina para ir a ningún sitio que no fuera al baño, y menos cargado con un voluminoso y vistoso equipo fotográfico. Entre las exploraciones, el golpe y las fotos me había retrasado bastante, y mi compañero, que ya había terminado de hablar por teléfono, llevaba un buen rato esperándome sin saber dónde me había metido. De nuevo tuve que presentarle excusas y contarle una historieta, ni recuerdo qué le dije (aunque desde luego, no fue la verdad).

Pero el verdadero interés arquitectónico del edificio, al margen de la emoción de la aventurilla en la azotea, está en interior del hall principal. El pistolo anda siempre cerca y no da tiempo a hacer fotos furtivas. Así que decidí echarle otro tipo de valor y pedir permiso oficial para hacer fotos. Al día siguiente pregunté a mi cliente (que precisamente es el encargado de gestionar el banco de fotos para su empresa) qué tenía que hacer para conseguir permiso, y como tenemos algo de confianza me dio su consentimiento para dirigirme en su nombre al administrador. Gracias a esta pequeña trampa logré ese permiso sin el menor problema, pude elegir cualquier fecha, y escogí un día festivo, con lo cual aquello estaría desierto y tendría todo el edificio para mí solito.

Fui dos días más tarde, una mañana con el cielo nublado, lo cual me proporcionaba una iluminación suave a través de la cúpula, perfecta para el interior. Esta sesión de fotos tuvo muchas menos aventura, las emociones fueron estrictamente fotográficas.

Estuve haciendo fotos durante casi tres horas, aquello dio para muchas más fotos de las que yo pensaba, tiré un rollo y pico de película, y eso aun tratándose de fotos en las que había que tomarse su tiempo para buscar el ángulo perfecto, medir las luces, situar el trípode con precisión... Al final, cuando ya me iba, decidí ganarme al pistolo dándole un poco de conversación, me intersé por su trabajo allí. Resultó ser muy amable, en la conversación salieron mis conocimientos de informática y me hizo una consulta técnica acerca de un problema con una tarjeta de sonido, le di algunos consejos y parece que le sirvieron.

La anécdota final es que, tras habérmelo "ganado", me comentó que se podían hacer también fotos desde la azotea. Tuve que hacerme el nuevo y preguntar desde qué sitios se podía hacer (en realidad yo ya había hecho fotos de la azotea e iba buscando descubrir si había otras zonas del edificio donde se pudiera acceder a través de otros ocultos pasadizos secretos). Me condujo precisamente a través del camino que yo había descubierto clandestinamente unos días antes, y al pasar por el pasadizo me fijé en si mi incidente había dejado alguna marca. Al comprobar que no, hasta me permití hacerle el comentario del peligro que tenía aquel techo para alguien que subiera distraido. La sensación que tuve debe de ser parecida a la de un ciminal que visita de nuevo la escena del delito, y sintiéndose impune al comprobar que los pensamientos de culpabilidad no son audíbles ni tampoco telepáticos, se permite hacer tranquilamente un comentario al policía de turno.

Siguiendo con la escenificación, tuve que hacer alguna foto para justificar la molestias por la excursión hasta aquel rincón, y procuré apresurarme porque no quedaban allí fotos interesantes que no hubiera hecho ya, y también porque la madre naturaleza había escogido aquella esquina para instalar un avispero, y no era cuestión de tentar más a la suerte, que tan generosa había sido conmigo hasta el momento.

Y aquí acaba la historia. La foto que va adjunta es una de las que hice en el hall principal. Otro día prometo enviar una de las que hice "robadas", que resultaron ser menos interesantes que la historia de cómo logré hacerlas.
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6 comentarios

Anónimo -

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Amanda -

Jajajaja, me ha gustao la historieta. Me he partido de risa.
Saludos.

El Guardian -

Lo siento pero la foto no se ve (hall-80...).

Haddhar -

La hora es real, se me ha hecho tarde revelando un carrete (fotos de Ronda).
Debería tomarme con más relajación alguna de mis aficiones...

Haddhar -

No, es Pelusa. Una sesión de fotos que le hice metiéndolo bajo la colcha de la cama. Jero es negro con manchas blancas. Hay más fotos interesantes, ya te las enviaré.
eEsto me recuerda que algún día debería presentar a mis gatos debidamente en esta bitácora, y de paso contar algunas de las anécdotas fotográficas.

El disidente -

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